8.8.17

Historia de dos (o más) ciudades



En un relato de Doris Lessing, Temporales, una mujer viaja en un taxi. Durante el trayecto mantiene con el conductor una inquietante conversación, que gira principalmente sobre un tema: la ciudad. El taxista la detesta; ella se deshace en elogios: «Y entonces empecé a decirle lo mucho que me gustaba a mí Londres, por aquella ridícula necesidad que tenemos todos de intentar que a los demás les guste lo mismo que a nosotros. Es como un gran teatro, dije. Uno se podía pasar mirando lo que ocurría, y en realidad eso es lo que hacía yo. Podía pasarme horas sentada en un café o en un banco mirando y siempre pasaba algo interesante, o divertido…». Como ejemplo, le habla de los parques, de Hampstead Heath o de Regent´s Park, lugares de los que era imposible cansarse. Al final, el conductor reconoce que no todo le desagrada. Lo que le ocurre es que su ciudad es una ciudad que ya no existe. Sólo es un lugar de la memoria. Le explica el motivo y las razones por las que no puede amarla como antes. Cuando se despiden, algo ha cambiado en ellos. El trayecto les ha servido para descubrir que la relación con su propio entorno no es un asunto cerrado, sino conflictivo, problemático, porque no hay verdades absolutas cuando juzgamos algo tan complejo como la geografía urbana. Tal vez él comience a amarla de nuevo. Y tal vez ella descubra que hay motivos para odiarla.
En realidad, a poco que pensemos, no hay ciudad que no provoque sentimientos encontrados. Habitar un lugar supone cuestionarlo, ponerlo en duda, juzgarlo como si fuera una prolongación de nosotros mismos. Precisamente por eso nos atrae y nos expulsa. Odiamos y amamos las ciudades en las que vivimos porque ese doble ejercicio forma parte de nuestra naturaleza. Sobre todo si ese espacio es una gran ciudad. Y sobre todo si esa gran ciudad es Londres.
Cuando Virginia Woolf escribe sobre la capital británica, se refiere a ella como una síntesis de todos los contrastes. Una misma calle, nos dice, es una isla de luz y al mismo tiempo una larga gruta de oscuridad. Ahí radica su hermosura, su belleza. Es una y es también su contrario. Son múltiples ciudades que hacen de su disparidad algo único, casi indivisible. Porque, como nos explica uno de sus personajes, «cada londinense tiene un Londres en su cabeza que es el auténtico Londres». Y añade: «cada uno siente por Londres lo que siente por su familia, tranquila pero profundamente, con una rápida disposición a la afrenta».   
Yo también tengo mi propia idea de Londres. La primera vez que estuve allí, a finales del año 2003, me causó tanta admiración y tanto interés que llegué a interiorizar una buena parte de su callejero. Y aunque he vuelto en repetidas ocasiones siempre he encontrado nuevos emplazamientos, nuevas rutas. Por eso, mientras escribo, apenas necesito buscar un plano que me ubique o sitúe lo que quiero contar. La tengo tan asumida que puedo prescindir de las fotos que he ido tomando o de los apuntes desperdigados en algunos cuadernos de viaje. Mi visión de Londres se construye a retazos, deshilvanados en apariencia pero con una extraña lógica que los une, como un itinerario lógico, asumible. Un itinerario al que cuesta buscar un inicio, porque todos los puntos de la ciudad son buenos para comenzar a pasearla.
Como le sucede al personaje de Doris Lessing, y por buscar un inicio cualquiera, también a mí me provocan un especial interés los parques urbanos. De hecho, es uno de los cuatro lugares imprescindibles que trato de visitar cuando llego a una nueva ciudad. Los otros tres son las librerías, los museos y los clubes de jazz. Londres tiene una buena representación de cada uno de ellos.
Los parques urbanos nos ofrecen, a su manera, una imagen de la cultura que los construye. Su extensión y su forma de organizar unas cuantas hectáreas, su elección de árboles y de caminos, su predilección por un material u otro. El parque, o la ausencia de parque, se convierte en una carta de presentación que nos habla, en último término, de la forma en que las ciudades se relacionan con su propio entorno, natural y humano. Quizás por eso mis parques favoritos son los ingleses, salvajes y ordenados, llenos de senderos intermedios que escapan del orden de otros parques, como los franceses o japoneses. Más que parques son bosques, en esa delgada línea que separa la ciudad del campo. Así juzgo buena parte de los parques londinenses, como un espacio que está y no está en la ciudad, que tiene una extraña autonomía que pertenece y a la vez escapa de los límites urbanos. Si uno sigue, por ejemplo, la magnífica ruta que va desde Camden, sigue por Little Venice, entre puentes y construcciones de otra época, y termina atravesando Regent´s Park, descubre con cierta incredulidad que no ha salido de Londres, que todo eso que ha caminado y que parece fuera de plano forma parte de la misma ciudad que se extiende parque abajo. Es la misma urbe de las primeras calles que se encuentra al salir, con Baker Street y Sherlock Holmes como punto magnético. Algo similar ocurre cuando nos perdemos por Battersea Park o por Hyde Park, mientras intentamos recuperar las voces de William Morris, Lenin o Georges Orwell perorando en el Speakers´ Corner o vamos en busca de los jardines en los que aún perdura James Matthew Barrie, un escritor condenado a la eterna juventud gracias a un célebre personaje, Peter Pan, inmortalizado en bronce en uno de los extremos del lago. O, en fin, lo mismo que nos sucede cuando nos dirigimos hacia el norte y paseamos por el parque de Hampstead, entre lagos, bañistas y rutas semiclandestinas en las que, por arte de magia, se nos aparece la ciudad a nuestros pies, aunque hayamos tenido la equívoca sensación de que estábamos en otra parte, muy lejos de Londres, en estaciones de tren perdidas en la montaña o en casas alejadas de todo y de todos, como las que ocupaban en la ficción los personajes de D. H. Lawrence, o en la vida real John Keats y Sigmund Freud, con su estudio lleno de miniaturas, su mítico diván y sus alfombras, su espléndida entreplanta para tomar el té de la tarde o su magnífico jardín interior. ¿Es la misma ciudad que se construye alrededor del estadio del Arsenal, siguiendo aquel mal disimulado fanatismo de Nick Hornby en su libro Fiebre en la gradas? ¿La misma ciudad dickensiana que encontramos en el East End, con la pobreza y desesperación que leemos en Jack London o en alguna biografía de Georges Orwell? ¿Forma parte del mismo escenario que recorremos calle a calle por el barrio del Soho? Si una ciudad es capaz de multiplicarse, de ofrecernos mil caras distintas, sabremos entonces que la visita ha merecido la pena. Y lo sabemos porque, ante esas geografías dispares, se activa en nosotros algo parecido a una sana esquizofrenia: es inevitable imaginarnos viviendo en una de esas casas, en la que proyectamos un sinfín de rutinas agradables. Una especie de existencia paralela que, paradójicamente, nos hace volver a nuestro propio hogar con más energía que cuando lo abandonamos.
Sin dificultad apenas, puedo imaginarme viviendo en muchos lugares de Londres. No en el Soho. Detesto el ruido, sobre todo si nos visita sistemáticamente y ocupa cada una de nuestras habitaciones como un inquilino invisible y perpetuo. Que no viviera allí no significa que, de tarde en tarde, no tuviera la necesidad de visitarlo. Existen muchos lugares que nos interesan sobremanera y, sin embargo, nunca los habitaríamos. El barrio del Soho sería, para mí, uno de esos lugares. Un espacio frenético, lleno de estímulos, cargado de historia, aunque esa historia pertenezca cada vez más a una progresiva y distante arqueología. Pienso en lo que debería sentir Karl Marx si volviera hoy al número 28 de Dean Street, el piso en el que vivió mientras fracasaba políticamente y veía cómo su situación económica iba menguando (embarazar, casi a la vez, a su mujer y a su asistenta no debió ayudar demasiado a sus finanzas domésticas). Pienso en Thomas de Quincey, que hubiera muerto de inanición si Ann, una joven prostituta, no le hubiera socorrido después de desmayarse en Soho Square. Pienso en Giacomo Casanova, que residió en Greek Street y cuyo fantasma, según dicen, aún frecuenta Raymond Revue Bar. O en los fantasmas que aún deambulan por otros bares de la zona. En The French House, por ejemplo, donde se reunía Charles de Gaulle con otros miembros de la resistencia o el lugar donde Dylan Thomas perdió su manuscrito Bajo el bosque lácteo. Pienso en la vecina Charing Cross Road y en la librería Foyles, en la que, como bien dice Enric González, uno no va a comprarse un libro, sino a ir de safari. Y pienso, en fin, en otros visitantes ilustres del barrio: William Blake, Wagner, Rimbaud, Verlaine. No sé si el Soho actual dista mucho del que vivieron todos esos nombres. Puede que el espíritu que aún perdura en ese lugar de Londres, con la multitud de vocingleros que se acumulan en sus calles, con sus pubs y templos de la perversión plastificada que ocupan casi cada centímetro, no es muy distinto al que describió John Galsworthy a finales del siglo XIX, en su novela La saga de los Forsyte: «Desaseado, lleno de griegos, ismailíes, gatos, italianos, tomates, restaurantes, órganos, cosas de colores, nombres raros y gente que mira desde las ventanas de los pisos más altos». Gente con nombres extraños y con oficios no menos inauditos: buscadores de oro, fabricantes de fuelles de acordeón, traficantes de tazas sin plato, manillas de paraguas de porcelana o imágenes coloreadas de santos martirizados. En el fondo, el barrio del Soho, o Londres, o casi todas las grandes ciudades, no cambian tanto. Sólo se modifican, se trasforman. Incluso si son bombardeadas desde el aire. Pueden variar su fisonomía, pero no el impulso que animó a construirlas, heredado generación tras generación como un legado que todo ciudadano adquiere en el momento de residir en ellas. Al final, siguiendo de nuevo a Doris Lessing, lo que nos queda es un Londres que «se ha edificado y destruido en sucesivas encarnaciones desde antes de la época de los romanos». 
Cuando nos imaginamos viviendo en la ciudad que visitamos, se activa en nuestro interior un mecanismo que hemos fabricado a partir de la realidad inmediata y la ficción que conlleva toda memoria. Algo que tiene que ver con la idealización del viajero, alguien que huye de la comodidad familiar para encontrar ese punto del mapa que sepa alojarle mejor que su propia casa. Son, a menudo, visiones imposibles, irrealizables. En el fondo sabe que se trata de una vida que no será tal y como la imagina. Sin embargo, necesitamos la ficción, porque la vida, por sí sola, no basta. Si residiera por un tiempo en Londres, sé que tarde o temprano acabaría reconociendo los mismos defectos, con forma distinta, que encuentro en Barcelona. O que encontraba en Granada, y un poco antes en Salamanca o en Plasencia. Sin embargo, la idealización del viajero, del caminante ocasional por una ciudad que no es la suya, no debería caer en el derrotismo anticipado. Imaginarnos la gran vida en una ciudad ajena nos ayuda a mejorar nuestras propias ciudades. Pensar que sería feliz viviendo en Notting Hill, recorriendo Portobello varias veces por semana, convierte la misma calle en la que vivo en un espacio distinto, mucho más habitable. Las ciudades dialogan entre ellas y, a poco que escarbemos, de esa conexión siempre surge algo diferente cuyos efectos se pueden percibir en la distancia. Quizás mi Notting Hill tenga más que ver con la fabulación literaria, la que imagino detrás de la puerta que alojó a Georges Orwell o la que encuentro en las páginas de Martin Amis o en los escenarios bohemios y multiculturales de Collin MacInnes. Espacios irreales que tienen vocación de real, como si pasear por Chelsea aún me acercara a las tiendas punk más extravagantes o proyectara fiestas interminables en Cheyne Walk, ese apacible tránsito en el que reside Mick Jagger. Si me imagino viviendo en Bloomsbury, con sus fachadas de casas tranquilas y sus magníficas plazas, como Fritzroy Square, es inevitable no pensar en que aún estaría a tiempo de cruzarme con Bernard Shaw y Virginia Woolf o con algunas editoriales que se extendían alrededor de Bedford Square. Hoy no queda rastro de Cape, Chatto o The Bodley Head, absorbidas por multinacionales. Que no haya nada, o apenas nada, no significa que la ciudad haya desaparecido. Las grandes ciudades no desaparecen del todo. Habitar una ciudad de la memoria o una ciudad imaginada es la premisa que todo lugar necesita para que siga avanzando, con nombres y personajes distintos. Ese mundo de cortesanos del Londres georgiano que retrató William Hogarth estará compuesto por otro tipo de perversiones y enfermedades. Los nuevos rascacielos darán paso a otra clase de suicidas que intenten imitar a los atribulados personajes de En picado, la novela de Nick Hornby. The Globe, uno distinto y aún desconocido, albergará representaciones de herencia shakesperiana, igual que St Martin-in-the-Fields encontrará a un nuevo Samuel Barber. La niebla y la tristeza, como dos motores que se retroalimentan, será idéntica a la que describió Oscar Wilde. Los transeúntes del futuro pertenecerán a ese mismo ejército republicano de caminantes anónimos al que se refirió en una ocasión Virginia Woolf. Mientras tanto, la memoria de todos ellos, una mínima parte al menos, quedará a salvo en algunas salas de la National Gallery, del British Museum o de la London Library. Y quedará, sobre todo, en la suma de imágenes que hayamos proyectado en ella. Porque una ciudad no sólo se habita, también se imagina y se recuerda.
Existen pocas ciudades en el mundo que generen tanta imaginación como la que provoca Londres. Tal vez tenía razón Samuel Johnson y, después de todo, quien se aburra de Londres se aburre también de la vida.


[Publicado en Quimera, núm. 404, julio de 2017]

5.6.17

Un peregrino vuelve a casa


Primera jornada

En el prólogo a Cementerio alemán. Yuste, Miguel Ángel Lama nos habla del locus creator, un espacio que, al contemplarlo, consigue generar una literatura. Lama se refería principalmente a una parte de Yuste, la que ocupa un cementerio alemán enclavado entre montañas, a pocos pasos del monasterio en el que se alojó Carlos V durante su último año con vida. En realidad, el tópico citado por Lama podría aplicarse a toda la comarca, porque esa zona del norte de Extremadura ha provocado creaciones de todo tipo, desde romances medievales hasta poemas de autores contemporáneos. Un lugar magnético que tiene la habilidad de provocar ficciones, como si guardara el germen de un libro que aún está por escribir, por recordar algo que apuntó Martínez de Pisón en un artículo sobre el cementerio. Ciertos espacios parecen más proclives a estimular nuestra imaginación. En ellos congregamos memoria e hipótesis, conjetura y crónica, pasado y presente. Territorios que al ser observados tiran de nosotros, como una mano que emerge de un lago y nos arrastra dentro del agua. 

No obstante, si analizo mi propia experiencia y pienso en lo que me une a esos lugares, no sé quién ha generado a quién, si el lugar al texto o viceversa. Así puedo resumir mi relación con el norte de Extremadura. Un espacio vivido y leído a partes iguales, de tal forma que en ocasiones me resulta muy complejo separar la verdad de lo vivido con la verdad de lo narrado. La comarca de la Vera es un buen ejemplo. La he visitado muchísimas veces, la he recorrido en coche, en bicicleta o caminando, he acudido a ella en momentos distintos y, sin embargo, no sé hasta qué punto toda mi memoria se basa en mis propias visitas o en visitas ajenas leídas por alguna parte. Supongo que el recuerdo se nutre voluntariamente de ese tipo de equívocos. A todos nos conviene añadir invenciones que, de alguna manera, ensanchan lo vivido y lo convierten en algo aún más inabarcable. Explorar el pasado significa reinventarlo. Por eso no puedo decir exactamente qué significa para mí Plasencia, o los valles de la Vera y del Jerte, o Monfragüe y la Sierra de Gata, por citar algunos de los lugares a los que me siento más cercano. 

No hay un único camino para llegar al monasterio de Yuste. Siempre que he subido hasta allí lo he hecho por trayectos distintos, aunque la mayoría de veces he optado por acceder a él desde Garganta la Olla y no, por ejemplo, desde Cuacos de Yuste. Si he preferido este camino es porque me gusta detenerme en Garganta, un pueblo que guarda una belleza austera, humilde, sin la estridencia de las grandes construcciones ni la solemnidad altiva y avejentada de otros pueblos de dimensiones similares. Uno se detiene en Garganta la Olla para perderse y para comer, algo, por otra parte, muy ligado al imaginario del pueblo. Durante la primera semana de agosto celebran el Día de la Serrana de la Vera, el mítico personaje literaturizado por Lope de Vega o por Luis Vélez de Guevara y, antes que ellos, por los romances populares. La historia de esta serrana está llena de artificios, de mistificaciones, como todas las historias que cuentan con un origen vago, incierto, difuso. Al final ese inicio tal vez real no es más que un simple punto de partida para desplegar un sinfín de leyendas: la de una hermosa mujer con fuerza sobrehumana, entre cazadora y amazona, que se retira a una cueva después de haber sido rechazada por un hombre. Algunos textos ven en ella a Isabel, de la familia Carvajal, y al sobrino del obispo de Plasencia como el hombre que la rechaza. En lo que coinciden casi todas las leyendas es que esa mujer se lanzó a la sierra como venganza por haber sido despreciada. Desde allí atrajo a todo hombre hacia su cueva. Después de emborracharlo y haber gozado de su cuerpo, lo mata. 

Poco más sabemos de esa mujer. Hay miles de historias similares, con protagonistas distintos, pero esencialmente iguales en fondo y forma. Lo que conviene preguntarnos es cuándo un suceso se convierte en una ficción, en qué momento la historia verídica y la fabulada se mezclan y se confunden. Julio Caro Baroja se planteaba la misma cuestión. Tampoco él sabía si la Serrana era una realidad histórica mitificada o un mito trasformado en realidad historificada. Quizás lo interesante del asunto radique en el proceso: un hecho más o menos real se trasforma en una ficción y, a su vez, esa ficción vuelve a generar algo real. Las fiestas de primeros de agosto, por ejemplo, o la cruz que se erige en lo alto de una torre de Garganta en homenaje a las víctimas de la amazona. O la estatua de la serrana que mira al pueblo desde un pedestal, cargando con una ballesta y una espada en su cintura. Todo eso son acontecimientos tangibles que nos hablan de nuestra necesidad por ensanchar el mundo. Al hacerlo, también lo celebramos. 

Hay algo más que no puedo pasar por alto. Me refiero a unas palabras de Unamuno cuando visitó la comarca. Para él, una leyenda de ese tipo solo podía suceder en un lugar como este. Es decir, existen territorios predispuestos de antemano para que alguien escriba sobre ellos, lugares construidos para que se imaginen, se fabulen, se reinventen. Todas las comarcas del norte de Extremadura conservan ese estímulo. Por eso son lugares extremos: al ocuparlos, siempre se está en otra parte.

Si prefiero ir al monasterio pasando primero por Garganta la Olla, no es sólo por mi interés por el pueblo, o por las historias que convoca. Si paso antes por allí, es porque de camino al monasterio hay un lugar en el que siempre me detengo: unas pozas de agua que ha formado el río Garganta Mayor en su descenso por la montaña. Así se llaman en Extremadura y así las he conocido desde que tengo memoria: son gargantas, una metáfora perfecta para definir a un río de agua que ha ido puliendo la piedra y ha creado pequeñas lagunas en las que bañarse en verano, como sucede en Garganta de los Infiernos, en el vecino Valle del Jerte, y en otros muchos lugares del norte de la región. La zona a la que me refiero se llama Piletillas o Charco de Calderón. Lo sé porque he mirado el mapa, no porque sean nombres que haya interiorizado. De hecho, hasta ahora no tenía ni idea de cómo se llamaban. Para mí siempre han significado un alto en el camino, o un punto de llegada, sobre todo durante los meses de julio y agosto. En pocos lugares me he sentido más cómodo leyendo, como si todo el entorno formara una enorme sala de lectura abierta al aire. Ese es el recuerdo más vivo que guardo de esa zona: el de verme a mí mismo con un libro entre las manos. Allí fue donde comencé a leer En busca del tiempo perdido y allí también donde acabé Rayuela y otros cuentos de Cortázar. Cito esos dos entre muchos, porque en ese minúsculo paraje no es difícil encontrar la intimidad que exige toda lectura, el sosiego y la calma que permite descodificar mejor cada página, cada palabra. Siempre hay gente, pero nunca hay nadie. Los bañistas van a la búsqueda de su propia laguna, la ocupan por unas horas y la convierten en una prolongación de su propia casa.

Uno lee donde puede, en bibliotecas, en el metro, en cafés, en bancos de la calle, en trenes, incluso caminando. En mi caso, no he sido capaz de encontrar un rincón de lectura mejor que ese. Por eso para mí las charcas de la Vera son un lugar literario, aunque apenas hayan sido mencionadas en ningún libro. Lo son porque el espacio de la literatura no sólo abarca el territorio que ha elegido el autor para desarrollar su trama, sino todos los lugares en los que recibimos historias ajenas, esa voz poética que viene de lejos y se instala justo en la comarca donde decidimos apropiarnos de una voz extraña.

Desde ese punto (el ascenso por la ladera, el zigzagueo, la variedad de vegetación, las rocas, la presencia intermitente de los árboles, los túneles naturales, la progresiva estrechez de la carretera), el camino hacia el monasterio tiene algo de tramo final, de confín, de finisterrae. Después, como recién aparecido de la nada, surge un enorme palacio en mitad de la montaña. Puede que sus dimensiones no sean tan grandes. En realidad, no creo que todo el conjunto abarque demasiadas hectáreas. Sin embargo, es difícil no verlo tal y como se me apareció la primera vez. Debió resultarme majestuoso, inabarcable, casi infinito cuando de niño viajaba hasta allí en sucesivas visitas escolares. He regresado muchas veces después y siempre guardo ese asombro primero: los árboles del aparcamiento, la muralla que se extiende hacia todos lados, la enorme rampa que asciende hacia el palacio, el lago bajo los soportales, incluso la pequeña fuente o los claustros y las estancias reales me siguen pareciendo inmensos. Tengo recuerdos vagos del interior, de lo que queda de mobiliario, de la disposición de las salas. He ido en múltiples ocasiones hasta ese lugar, pero no siempre he entrado. Por eso todo recuerdo no es más que una evocación vaga, dudosa, de algo que quizás vi, aunque no pueda asegurarlo: una cama, una silla con un reposapiés, algún cuadro, una armadura, una inscripción heráldica, un altar, un hueco iluminado por luz artificial en el que reposaban los restos del emperador antes de marchar a otro monasterio. En realidad, más que recuerdos, son indicios, signos, señales o fogonazos que vuelven para decirme que alguna vez estuve dentro de aquel palacio.

Mi composición de lugar está más próxima a lo que escribió Pedro Antonio de Alarcón durante su viaje a Yuste. El monasterio era, para él, una isla en un océano tormentoso, un oasis en medio del desierto. Así lo describió en su Viajes por España, en donde animaba a los lectores (madrileños) a desplazarse hasta Yuste si contaban con cuatro días libres, treinta duros y un amigo en Navalmoral de la Mata que pudiera proporcionarles un caballo y un guía. Ese fue el itinerario que siguió durante algunas jornadas del año 1873. Viaja por sierras que comparten un mismo horizonte, atraviesa ríos y pueblos, y llega por fin a la Vera, a la que llama «país de la fertilidad y de la incomunicación». En otras ocasiones, se refiere a ella como país abrupto, selvático, atroz y pintoresco por sus magníficas dehesas y por su variedad de árboles (robles, encinas, fresnos, sauces y almeces). A la Vera la describe como una «Alpujarra chica, en que el río hace las veces de mar». Al palacio lo compara con un carmen granadino o una villa italiana. Sobre los claustros de Yuste nos dice que la naturaleza se ha encargado de hermosear aquel «teatro de desolación», entre la lujosa hiedra y el musgo, entre las flores silvestres y las altas matas.

Alarcón se detiene en la historia del monasterio, fundado, según nos explica, por hombres piadosos y ascetas que no quisieron abandonar el lugar por lo que les proporcionaba de retiro, de reposo, de oración y penitencia, aunque esos Hermanos de la pobre vida sufrieran las presiones del obispo de Plasencia para que se marcharan. Explica también el periplo de Carlos V hasta llegar allí, conducido a hombros en su último tramo por labradores de la zona, y concluye con el saqueo que sufrió el monasterio por parte de soldados franceses, antes de llegar a manos del Marqués de Miravel.

Otros episodios de su repaso histórico de Yuste se proponen desmentir algunas de las crónicas de Fray Prudencio Sandoval o de Mr. Robertson. Según Alarcón, han perdurado algunos datos falsos en torno a la vida de Carlos V en el palacio, difundidos por historiadores «mal informados» que «fantasearon á medida de su deseo». Entre esos equívocos, Alarcón no cree que el emperador se flagelase hasta teñir de sangre las disciplinas del palacio, ni considera cierto que durante su último año se dedicara a la construcción de juguetes automáticos con ayuda de su relojero de cámara, el famoso mecánico Juanelo Turriano. A lo que sí otorga cierta credibilidad es a la mala relación del rey con los vecinos de Cuacos de Yuste, el pueblo que se encuentra a unos pocos pasos del monasterio. Se accede a él por una carretera que desciende por la montaña. A mitad de camino aparece uno de los lugares más interesantes de la comarca, un cementerio alemán con 180 tumbas de soldados de la Primera y la Segunda Guerra Mundial.
Hay mucho que ver y mucho que meditar, nos dice Pedro Antonio de Alarcón en su viaje a Yuste. Por eso los emplazamientos que encontramos más allá del palacio y del monasterio necesitarán una segunda jornada.






Segunda jornada

Poco antes de abandonar el palacio y el monasterio de Yuste, Pedro Antonio de Alarcón cita el soneto de Quevedo “A Roma sepultada en sus ruinas”. El endecasílabo que cierra el poema es magnífico: «Lo fugitivo permanece y dura». Alarcón menciona ese verso mientras observa la última residencia de un emperador. Si lo cito yo ahora, lo hago con un punto de referencia distinto: un cementerio alemán que no aloja la tumba de reyes ni emperadores, tampoco de personajes ilustres. Sólo son soldados que perdieron su vida en España durante dos guerras mundiales. Casi todos tienen nombre y, sin embargo, siempre me han parecido seres anónimos, como si su apellido se diluyera en un mar de fechas y de cruces, de pasillos funerarios robados a la naturaleza. Si lo pensamos bien, quizás no exista nada más extranjero que morir en un lugar que desconocemos. 

La historia de este camposanto militar se remonta a 1980. Durante ese año se comienzan a trasladar los restos de soldados alemanes que habían sido abatidos en territorio español durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Según leemos en la placa de la entrada, sus tumbas estaban repartidas por toda España, «allí donde el mar los arrojó a tierra, donde cayeron sus aviones». La obra finaliza tres años más tarde. Todas las sepulturas son similares: una cruz en granito oscuro, con el nombre y el apellido del soldado, las fechas de su nacimiento y de su muerte y su rango militar. 26 pertenecen a víctimas de la Primera Guerra Mundial y 154, a la Segunda. Entre ellas, 8 lápidas con 8 tumbas que guardan a soldados sin identificar.

Esos son, en el fondo, simples datos técnicos, informaciones básicas, números, figuraciones. Lo que sé del cementerio alemán no viene de ahí, sino de mis visitas a ese lugar o de los poemas y fotografías que han caído en mis manos. Vuelvo a la primera jornada, a cómo algo real se acaba convirtiendo en una ficción que, más tarde, se transforma en una realidad distinta a la original. Mi lectura de ese territorio no es más que una combinación de fabulación y verdad, de algo que parte de una certeza y concluye bajo el paraguas de la imaginación. Casi todo lo que me encuentro en algunas comarcas del norte de Extremadura tiene algo de eso, de incógnita, de enigma indescifrable. También el cementerio alemán, con el muro de piedra que lo rodea, el camino de entrada que recorremos solemnemente por intuición o por inercia, las vigas de madera y las enredaderas, las escaleras que descendemos mientras van creando huecos de sombras o de vacío, como un terreno de nadie, oscurecido a intervalos por las tres columnas que anticipan una representación geométrica de la muerte. Frente a nosotros, un cúmulo de cruces perfectamente alineadas.

La muerte, escribió Álvaro Valverde, tiene una medida exacta. Así inicia su “Cementerio alemán, Yuste”, al que volverá años más tarde con otro poema, “Regreso al cementerio alemán”. Ambos textos se recogen en un libro que tengo ahora a mi lado. Lo publicó no hace mucho Ediciones de La Rosa Blanca. Con un sugerente prólogo de Miguel Ángel Lama y con las magníficas imágenes de Salvador Retana, Cementerio alemán. Yuste reúne todos, o casi todos, los poemas dedicados a ese emplazamiento perdido en la comarca de la Vera. Un total de 17 autores que se sirven de este lugar de la memoria como motor del poema. Al escribir sobre él esa metáfora de la historia o ese recinto del pasado se convierte en un presente vivido, en un espacio leído y legible, como recuerda Miguel Ángel Lama en sus páginas preliminares.

Aunque cada poema sea una forma única de abordar el cementerio alemán, existen ciertos temas que se repiten: la lejanía («una patria ilusoria / que aquí, lejos de casa, se ha formado / con jóvenes despojos», José María Micó; «lejos de las guerras / que os trajeron hasta aquí», José Carlos Llop; «tan lejos de su tierra, / tan cerca de su sino», Santiago Castelo; «Para acabar aquí, / lejos de vuestra casa», Santos Domínguez; «Más lejana la luz», José María Muñoz Quirós); la juventud de los soldados («muertes lejanas, jóvenes muertes», Elías Moro; «aquellos adolescentes tardíos», Cristian Gómez Olivares; «la valentía, en suma, / de tanta irreparable juventud», Daniel Casado; «Soldados alemanes, cuántos jóvenes…», Carlos Medrano; «Muchos de vosotros, todos vosotros, / sois ahora jóvenes para siempre», Antonio Reseco; «No hay pena ni perdón para muchachos / que a destiempo cruzaron la frontera», Álvaro Valverde); la presencia ausente del emperador, monte arriba («en el que hace unos siglos / se retirase un viejo emperador», Antonio del Camino; «en la sierra florece / la barba encanecida del César moribundo», Santiago Castelo; «bajo los árboles donde un Emperador / cambió sus sueños por relojes y misas», Juan Lamillar; «el fantasma del emperador / os visita a veces», José Carlos Llop). Más allá de esos temas, lo que predomina es una figuración abstracta que al describir el paisaje lo interioriza, lo reformula, como si la naturaleza del lugar lograra proyectarse en lo más profundo de quien se detiene a explorarla. Un proceso de observación motivado por el sosiego, la calma, la solemnidad del silencio y de la soledad, el idioma extranjero, los nombres impronunciables, desconocidos y alineados como un solo hombre, la paz continua y la derrota, la paradoja de la ruina y del árbol que a pesar de todo florece, la memoria y el olvido, el epitafio sin inscripción alguna, la apariencia de infinito y de eternidad, la geometría, la exactitud y la injusticia de la muerte.

No hay lugar que no pueda leerse. Todos, de alguna forma, llevan inscritos sus propios signos, la motivación que llevó a construirlos, el anhelo de que perduren en el tiempo, la razón por la que serán demolidos tarde o temprano. Todo espacio conserva el alzado de su ruina, como un esqueleto invisible que configura su identidad, su modo de ser y de estar en el mundo. Todo territorio es un libro abierto al aire, a la espera de que alguien se acerque para identificar qué significan, qué significaron. El cementerio alemán de Yuste es uno de los lugares más legibles que conozco, desde que comencé a visitarlo durante los primeros años de la década de los noventa. Acostumbrado a tanto camposanto de hormigón y cemento, encontrarme en un lugar de ese tipo supuso para mí un hallazgo, un aviso, una señal distinta de cómo puede proyectarse la muerte. Algo que tiene que ver con la aceptación y también con la extrañeza, con la ley y el accidente, como en aquel poema de Jorge Guillén.

Aún sigo repasando los nombres y las fechas mientras paseo por las cruces. Los recito en silencio, como si fueran un mensaje que solo tuviera un destinatario. Con ellos imagino las ciudades que dejaron, los aviones desde donde cayeron, los submarinos que no volverán a emerger de nuevo. Cada cruz es una muralla repartida por el suelo, escribió Gómez Olivares. La sombra que despliegan esas mismas cruces hace que la luz se vuelva más lejana, más difusa, y sin embargo esa distancia de décadas y de países se aferra a nosotros con fuerza, como quien abandona un lugar para tratar de entenderlo.

En cierta forma, el cementerio alemán de Yuste no es más que el reguero de escombros que iba dejando a su paso el ángel de Paul Klee, mientras avanzaba de espaldas y un viento huracanado le impedía detenerse. Aquí al menos esa destrucción, como escribió Micó, es «perversamente hermosa / y hermosamente triste». Como las imágenes de Salvador Retana que aparecen al final del volumen: las huellas en la nieve; los ríos diminutos que se cuelan entre las cruces; la niebla que trasforma un escenario natural en una película muda; las hojas esparcidas por el suelo, anticipando una nueva estación del año; la tinta china que en su simplicidad se vuelve aún más profunda; la perfecta combinación del blanco y el negro, como una macabra prolongación de la tierra; la mirada perdida de algunos paseantes; la corteza variable de los árboles, también de los que se sitúan más allá del muro. Todo ello, visto desde fuera, me hace pensar que estos soldados no llegaron hasta aquí para morir, sino para permanecer. Por eso soy capaz de cumplir el aviso que leo en la placa de bronce de la entrada: «Recordad a los muertos con profundo respeto y humildad». He necesitado muchos años, muchas visitas y lecturas, muchas imágenes, para reconciliarme con ellos.

Si hacemos caso a lo que escribe en Viajes por España, Pedro Antonio de Alarcón no pasó por Cuacos de Yuste. No quería visitar el pueblo que amargó, literalmente, los últimos días de Carlos V. Según algunas crónicas, los habitantes de Cuacos se apoderaron de las vacas suizas del rey porque pastaban fuera de palacio. O apedrearon a Juan de Austria, aún niño, mientras cogía cerezas de un árbol que pertenecía a alguien del pueblo. También Unamuno se refiere a esos episodios. Cita un texto de Fray José de Sigüenza: «[Los habitantes de Cuacos] vencieron la paciencia del emperador. Son de baxos respetos, desagradecida, interessada, bruta, maliciosa». Más allá de la visión laudatoria de Alarcón cuando se refiere al emperador o de la despiadada crítica de Sigüenza, me quedo con las palabras de Pedro Mingote, uno de los personajes que aparecen en El peregrino entretenido, la magnífica novela de Ciro Bayo. Llegué a ese libro gracias a La España vacía, de Sergio del Molino, y aún hoy creo que es una de las mejores recomendaciones literarias que me han hecho nunca.

Mingote es una invención, un desdoblamiento del propio autor, por mucha apariencia real que adopte (añadirle el adjetivo ficcional a la literatura no deja de ser un pleonasmo). Cuando Ciro Bayo le pregunta qué le había parecido Yuste, Mingote lo resuelve con una respuesta genial: «será mejor que reserve mi opinión, porque así lo verá usted sin prejuicios. Todo espectáculo está dentro del espectador». A la pregunta de cómo juzga la elección de Carlos V cuando optó por retirarse allí sus últimos días, Mingote echa mano de una cita de Séneca: «El que se retira con ostentación convida a todos a que le visiten». Una forma estupenda de desmitificar tanto tópico latino aplicado al retiro del emperador. Porque, según ese personaje, Carlos V sólo quiso convertir a Yuste en su nuevo palacio y a Cuacos, en un arrabal de cortesanos y soldados. Y añade: «So pretexto de hacerse eremita, hizo ni más ni menos que un mercader de Florencia que liquida sus negocios y se retira al campo». No hay, pues, ni beatus ille ni locus amoenus ni odas a la vida retirada. Sólo un usurpador que, tal vez por inercia, quiso ejercer sobre Cuacos un poder al que no había renunciado del todo.

Existen otros personajes que Ciro Bayo va describiendo mientras visita el pueblo, durante una verbena de San Juan. Por ejemplo, un cacique dadivoso al que apodaban Rey de Cuacos. O un pintor, conocido por todos como el Pintamonas o El Solitario de Yuste, porque se pasaba muchas horas solo frente al palacio o en las cercanías del convento pintando cuadros que luego trataba de vender a los turistas que visitaban la comarca. En realidad, no sólo pintaba esa zona, también retrataba el paisaje humano que iba encontrando. Según el artista solitario, en Cuacos no le faltaban modelos, porque el pueblo era «un cinematógrafo de tipos trashumantes». Allí recaía, nos dice, una gran variedad de personajes.

De entre todos los episodios que relata Ciro Bayo sobre el pintor, me quedo con el que le detalla la factura que entregó al ayuntamiento de Cuacos por la reparación de los cuadros de la iglesia parroquial: dos pesetas por ponerle una cola nueva al gallo y unas cuantas más por añadir dos estrellas al cuadro de la Creación del Mundo. También por dibujarle algunos dientes a la quijada del asno.

Ciro Bayo le pregunta por qué no vive en la ciudad. No puede entender que una persona de su talento prefiera un pequeño pueblo y no una urbe en la que desarrollar su carrera. Parece una pregunta sin importancia, casi banal, obligada incluso, y sin embargo se trata de una cuestión que guarda un trasfondo mucho más profundo del que pueda resultar a primera vista. Un siglo y pico más tarde este país sigue sin tolerar bien ciertas actitudes o modos de vida. Aunque España haya sido un país esencialmente rural, a excepción de algunos núcleos industriales, todavía pervive ese prestigio bobalicón de los centros de poder, normalmente instalados en las ciudades. De tal forma que, para algunos, resulta incomprensible no estar donde se supone que se debe estar, siempre que uno quiera ser conocido y respetado. ¿Por qué una persona con talento no trata de vivir en uno de esos centros? ¿Por qué prefiere instalarse en un pueblo y renunciar así a una sociología de favores de ida y vuelta? Quien lo elige, pensamos, es porque algo oculta. Y lo que oculta el pintor solitario es un asesinato (paródico, irrisorio, burlesco, cómico, pero un asesinato al fin y al cabo). Por eso prefiere vivir allí, en Cuacos, «ni envidiado ni envidioso, que es el sumo bien que desear se puede en una aldea».   

Es el fin de la última jornada. Cuando miro atrás y pienso en algunos pueblos de la Vera, no puedo evitar juzgarlos como un único pueblo. Poco importa que sea Jaraíz o Jarandilla, o Cuacos y Garganta. Para mí tienen la misma forma a la que se refería Unamuno: pueblos con callejas que se retuercen, como el cauce de un río que fuera culebreando. Al final, vistas desde un extremo, todas las calles parecen lugares de una sola vivienda, bajo una misma paz sedante o una misma eternidad quieta y serena. Quizás sea ese el motivo por el que, cuando regreso a Plasencia, visito también la Vera, aunque me cueste llegar si no es en coche. Vuelvo de nuevo a Unamuno: el viaje, cuando es lento, se hace más viaje. 


(Estos dos artículos aparecieron en los números 401-402 (abril y mayo) de la revista Quimera. Las fotografías pertenecen a Salvador Retana)

25.9.16

La Verneda



La parada del autobús

Iniciarás una nueva semana
y continuarás así el ritual
de tus días.
Seguirás la costumbre de levantarte
temprano y abandonar
con torpeza la habitación.
Sabrás, ya desde el comienzo,
que tu primera despedida se produjo
al cruzar el umbral de una casa.
Bajarás a la calle
en compañía de tu madre y esperarás,
aún con sueño,
la llegada de dos autobuses
con rutas similares.
La alegría consistirá entonces
en abrir bien los ojos,
porque se ha visto, a lo lejos,
los número 43 o 44.

Buscarás un hueco y convertirás
ese espacio en una humilde
y meritoria conquista.
Con suerte, quizás logres sentarte.
Mirarás con sosiego
la extraña mecánica de una ciudad
durante las primeras horas de la mañana.
Su movimiento, calculado hasta el extremo.
Su ordenación perversa
y, a la vez, admirable.

No conocerás a nadie.
En ese rincón del autobús
serás consciente del exiguo
espacio que ocupamos en el mundo.
Un universo aterradoramente minúsculo,
pero un universo al fin y al cabo.
No conocerás a nadie
y sin embargo aquellos viajeros,
efímeros y somnolientos,
te serán para siempre familiares.

El trayecto será largo
y aun así llegarás pronto al colegio
(recuerdas parte de su ruta:
Rambla de Guipúzcoa, Bac de Roda,
calle Mallorca, avenida de Roma…).
Aprenderás a construir un territorio
a partir de unas pocas calles.
Apenas sabías que todo lugar
encierra en sí otros lugares.

Recibirás más lecciones de esos viajes.
Comprenderás, por ejemplo,
que un refugio no se encuentra
en un espacio remoto,
sino en el hueco que has podido ocupar
en un vagón de metro
o en un autobús lleno de gente.
Comprenderás que para aislarse
no se requiere un paisaje desierto.
Basta con saberse solo
entre otros semejantes
con los que nunca hablas.

De las horas en el colegio
recordarás una tarde.
Fuera llovía y la lección avanzaba.
Alguien recitaba en voz alta
el nombre de los planetas,
que por entonces eran nueve.
Retendrás esa tarde
porque aprendiste uno de los pocos versos
que todavía sabes de memoria:
monotonía de lluvia tras los cristales.
 
Allí, pegado a la ventana,
siguiendo el curso de las gotas,
lograrás imaginarte en otro lugar.
Habrás iniciado, sin saberlo,
esa costumbre tuya
de estar siempre en otra parte.
En una fuente de Montjuïc,
mientras miras a la cámara.
En el parque de la Ciutadella,
que en aquel momento te parecía inmenso.
En las pistas de tenis
que improvisaste con tu padre.
En las vías de la estación de Francia
y en las palabras que leías al abandonarla
(Sí, Barcelona és bona…).

Estarás en otro lugar,
porque a media tarde dejarás el centro.
Volverás al margen.
El regreso bajo tierra será,
en el fondo, similar:
cambiar de línea,
acortar el trayecto
con algún juego recién inventado,
repetirte a ti mismo
unas cuantas palabras
por el simple placer de recordarlas.

Así pasarás tus primeros años,
en esos trayectos en los que, aún hoy,
intentas encontrarte.

Acabas de escribir el poema
más largo de tu vida.