25.9.16

La Verneda



La parada del autobús

Iniciarás una nueva semana
y continuarás así el ritual
de tus días.
Seguirás la costumbre de levantarte
temprano y abandonar
con torpeza la habitación.
Sabrás, ya desde el comienzo,
que tu primera despedida se produjo
al cruzar el umbral de una casa.
Bajarás a la calle
en compañía de tu madre y esperarás,
aún con sueño,
la llegada de dos autobuses
con rutas similares.
La alegría consistirá entonces
en abrir bien los ojos,
porque se ha visto, a lo lejos,
los número 43 o 44.

Buscarás un hueco y convertirás
ese espacio en una humilde
y meritoria conquista.
Con suerte, quizás logres sentarte.
Mirarás con sosiego
la extraña mecánica de una ciudad
durante las primeras horas de la mañana.
Su movimiento, calculado hasta el extremo.
Su ordenación perversa
y, a la vez, admirable.

No conocerás a nadie.
En ese rincón del autobús
serás consciente del exiguo
espacio que ocupamos en el mundo.
Un universo aterradoramente minúsculo,
pero un universo al fin y al cabo.
No conocerás a nadie
y sin embargo aquellos viajeros,
efímeros y somnolientos,
te serán para siempre familiares.

El trayecto será largo
y aun así llegarás pronto al colegio
(recuerdas parte de su ruta:
Rambla de Guipúzcoa, Bac de Roda,
calle Mallorca, avenida de Roma…).
Aprenderás a construir un territorio
a partir de unas pocas calles.
Apenas sabías que todo lugar
encierra en sí otros lugares.

Recibirás más lecciones de esos viajes.
Comprenderás, por ejemplo,
que un refugio no se encuentra
en un espacio remoto,
sino en el hueco que has podido ocupar
en un vagón de metro
o en un autobús lleno de gente.
Comprenderás que para aislarse
no se requiere un paisaje desierto.
Basta con saberse solo
entre otros semejantes
con los que nunca hablas.

De las horas en el colegio
recordarás una tarde.
Fuera llovía y la lección avanzaba.
Alguien recitaba en voz alta
el nombre de los planetas,
que por entonces eran nueve.
Retendrás esa tarde
porque aprendiste uno de los pocos versos
que todavía sabes de memoria:
monotonía de lluvia tras los cristales.
 
Allí, pegado a la ventana,
siguiendo el curso de las gotas,
lograrás imaginarte en otro lugar.
Habrás iniciado, sin saberlo,
esa costumbre tuya
de estar siempre en otra parte.
En una fuente de Montjuïc,
mientras miras a la cámara.
En el parque de la Ciutadella,
que en aquel momento te parecía inmenso.
En las pistas de tenis
que improvisaste con tu padre.
En las vías de la estación de Francia
y en las palabras que leías al abandonarla
(Sí, Barcelona és bona…).

Estarás en otro lugar,
porque a media tarde dejarás el centro.
Volverás al margen.
El regreso bajo tierra será,
en el fondo, similar:
cambiar de línea,
acortar el trayecto
con algún juego recién inventado,
repetirte a ti mismo
unas cuantas palabras
por el simple placer de recordarlas.

Así pasarás tus primeros años,
en esos trayectos en los que, aún hoy,
intentas encontrarte.

Acabas de escribir el poema
más largo de tu vida.

11.7.16

Escribir, a pesar de todo






 I

Existen lugares en los que resulta más sencillo erigir un universo literario. Territorios que parecen fundados para que alguien los escriba y en los que el autor no es más que un testigo, un simple taquígrafo que va apuntando todo lo que ve, todo lo que oye o se encuentra a su paso. Edificios, grandes avenidas, museos, monumentos esparcidos por uno y otro lado, como un laberinto de estímulos que se extiende sin fin. Ese tipo de ciudades que se ofrecen al escritor y no es difícil, o no del todo, traducirlas en unas cuantas páginas. Londres, París, Roma, Praga, Florencia o Venecia, por citar unos cuantos ejemplos. Sin embargo, existen otra clase de lugares cuya belleza nos llega por otras vías, espacios que exigen al visitante una concentración mayor, más intensa, porque lo que nos proporcionan no está a la vista. Son paisajes llenos de citas ocultas, de manuscritos a veces invisibles, como si tuviéramos que descender varios peldaños para poder darles alcance. Es ahí donde sitúo Buenos Aires. También a los escritores que la han convertido en su universo literario. Algo que, tal vez, tiene un mérito enorme, porque escribir sobre la ciudad, como nos recordó Álvaro Abós, no es descubrir lo literario de una ciudad, sino inventar literatura donde no hay nada.
Visto con perspectiva, no creo que haya emprendido nunca un viaje tan ligado a la literatura como el que hice a Buenos Aires, hace ahora unos siete años. Lo sé por dos motivos. El primero de ellos tiene que ver con el acopio de libros que me traje de vuelta a España. Quizás me dejé llevar por una especie de ímpetu incontrolado que me arrastraba a comprar libros que jamás encontraría en Barcelona. Eso quería pensar, al menos. Tan sólo me ha ocurrido una vez más, en La Habana. El segundo motivo me resulta igual de revelador. Mientras reviso las notas que tomé en los cuadernos de viaje me doy cuenta de que no hay página en la que no cite a algún escritor. Puede que exagere y esas citas estén un poco más esparcidas de lo que creo. En todo caso, por allí aparecen un buen número de autores, mientras seguía la pista de una casa museo o intentaba recrear el escenario que había leído en alguna novela.
Al revisar ahora esas anotaciones sobre Buenos Aires descubro algo más. Descubro que escribir sobre una ciudad es una tarea terriblemente compleja, un oficio que exige un esfuerzo hercúleo, porque el lugar siempre irá un paso por delante y siempre se reservará alguna cita clave. Sin embargo, hay algo que resulta aún más difícil: escribir sobre ciudades tan cosidas a la literatura no es solo una tarea complicada, sino una tarea imposible. Hablo de esas sicogeografías que están tan impregnadas de ficción que resultan inaccesibles, porque todo en ellas está compuesto, a partes iguales, de invención y realidad. Un territorio mítico que existe y no existe al mismo tiempo. Quizás por eso haya tardado tanto tiempo en hablar de Buenos Aires. Tenía la impresión, sigo teniéndola, de que nada de lo que yo pudiera decir sobre ella lograría ajustarse a los límites tan estrictos de unas cuantas páginas. 
Por dónde comenzar, entonces, si se acumulan los nombres y las calles y apenas sé distinguir en qué lugar del tiempo y del espacio sucedió mi viaje. Tenía razón Abós: un mapa de la literatura sólo puede ser un mapa de la utopía. Una cartografía de la ficción. Sé por qué lugares comencé y por cuáles seguí buscando. Sé que me acerqué hasta la esquina de Rivadavia y 25 de mayo, porque allí se encontraba el Hotel Argentino, el alojamiento que eligió José Hernández para vivir de manera semiclandestina, mientras estaba recluido en una de sus habitaciones y escribía El gaucho Martín Fierro. Hoy ya no existe el hotel. En el edificio actual encontramos una placa, un trozo de metal demasiado pequeño para albergar a quien, según Lugones, había compuesto el poema nacional de los argentinos.
Desde ese lugar ya ausente, se despliega una de las vías principales de la ciudad, la Avenida de Mayo. La recorrí varias veces, pero tengo recuerdos vagos de ella. Sólo retazos que trato de recomponer mentalmente. Como siempre, recurro a esa geografía leída, más que visitada, y me viene a la cabeza algo que escribió Santiago Avendaño en 1897. Para él, la avenida era un rumor de colmena, un revoltijo infernal, un negro hormigueo de cabezas.
En medio de toda esa colmena, de ese revoltijo y hormigueo, me encontré con un edificio que también parece construido para que alguien escriba sobre él. Hablo del Hotel Majestic. Un lugar en cierta forma siniestro, en el interior de esa gran galería literaria que es la Avenida de Mayo. Su estado actual, el que yo conocí al menos, dista mucho a lo que debió ser años atrás, sobre todo en la década de los veinte. El Majestic fue uno de los hoteles más legendarios de la ciudad. Por allí pasaron Saint-Exupéry o Le Corbusier, por citar un par de nombres. Hoy ese hotel, con sus andamios en la torre y su decadencia casi espectral, es el reflejo de un tiempo clausurado, aunque su fisonomía haya dado pie a otras historias distintas, a medio camino entre la evocación del pasado y la imagen actual que proyecta. Estoy pensando en La ciudad ausente, la magnífica novela de Ricardo Piglia. En él leo una frase que define lo que contemplo frente al Majestic: «Junior llamó en el dos veintitrés y el timbre pareció sonar en otro lugar, fuera de la ciudad y del hotel». Es justo eso: pulsar una tecla y, acto seguido, desaparecer del lugar donde nos encontramos. Porque el Hotel Majestic de Piglia no existe en realidad. Como nos explica Abós, en La ciudad ausente se formula la inquietante hipótesis de que la ciudad no es sino un sueño engendrado por la Máquina de Narrar. El Majestic tan solo sería un mero decorado fantasmal. No únicamente el Majestic, añado ahora. Toda la ciudad parece un inmenso escenario en el que se reúnen autor y personaje, sin que ninguno de los dos sepa quién escribe a quién realmente. Es lo mismo que sucede, si lo pensamos bien, con la relación que se establece entre el escritor y la ciudad, porque nunca llegamos a saber del todo quién dirige la narración. O dicho de otra forma: lo que no sabemos es quién de los dos escribe, si el autor a la ciudad o justo al revés. Ambos son presencias que, al detenerse, avanzan. Así construyen su propia epopeya: haciendo de su estatismo una forma de tránsito hacia alguna parte. Como les sucede a esas figuras que me encuentro un poco más arriba, en el mítico café Tortoni. Allí siguen, aunque sea como parte de un decorado, algunos de sus clientes más ilustres: Borges, Gardel, Alfonsina Storni. Lo único que recuerdo de mi paso por el Tortoni es esto: que nadie me atendió en ningún momento y una charla espontánea con un tipo con sombrero que se definió como un artista que interpretaba canciones del recuerdo. Esas fueron las palabras que empleó.
Si la verdadera dimensión de una ciudad se mide en espacios muy pequeños, en Buenos Aires esa mínima fracción se proyectaba como una sombra de largo alcance. Sin salir de una sola calle, ya me había aproximado a buena parte de la literatura contemporánea. Y aún me esperaba otro lugar más si continuaba por la Avenida de Mayo, poco después de que la calle desembocara en Rivadavia. Hablo del edificio en el que vivió Ramón Gómez de la Serna. Miro de nuevo la fotografía que tomé y leo lo que está inscrito en la placa, al lado del portal 1974. En primer lugar, las fechas en las que residió De la Serna en ese lugar: 1936-1963. Un poco más abajo, la cita que sigue: «Cuando muera quisiera que me llorasen todas las cariátides de Buenos Aires».
Ese alojamiento bonaerense debió ser bastante similar a otros domicilios anteriores. Gómez de la Serna había traído hasta allí algunos de sus objetos heteróclitos: recortes de revistas, ilustraciones, lápidas funerarias, miles de fotos, pisapapeles, estatuas, muñecas de cera. En algún sitio leí, no recuerdo dónde exactamente, que en una de sus habitaciones había dispuesto ocho mesas distintas para trabajar en ocho libros a la vez. Pensando en un autor como él, ese espacio multiplicado es una posibilidad que no cuestiono. 
La historia que une a Gómez de la Serna con Buenos Aires no es muy distinta a la de Witold Gombrowicz. Los dos vinieron para una visita fugaz y se acabaron quedando un cuarto de siglo. Gómez de la Serna llegó a Argentina en 1931. Aquel “semidiós de las vanguardias”, como le definió Valery Larbaud en el The New York Herald Tribune, desembarcó en un país que ya le había ensalzado años atrás, en la desaparecida revista Martín Fierro. Invitado por Victoria Ocampo, De la Serna formó parte de ese grupo de conferenciantes extranjeros que habían visitado la ciudad. Entre ellos, Ortega y Gasset, Tagore, Einstein o Toscanini. Volvió a España tiempo después, junto a Luisa Sofovich, una mujer de apenas diecinueve años que había conocido durante su estancia argentina. Poco después de estallar la Guerra Civil española, De la Serna y Sofovich regresaron a Buenos Aires. En esa misma casa que tenía ahora justo enfrente, estableció durante casi treinta años su nuevo lugar de escritura. Allí le frecuentaron algunos de sus amigos: Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, Norah Lange, Losada, López Llausàs, entre otros. Por lo que sé, aquella primera época fue más o menos plácida, productiva, llena de encuentros continuos en algunos lugares de la ciudad: Florida, librerías de la calle Corrientes, El Guindado de Palermo, el restaurante Tropezón. Sin embargo, todo ese primer momento se fue apagando. Ramón Gómez de la Serna comenzó a ser un escritor cada vez más olvidado. Según tengo entendido, la relación que mantuvo con los exiliados españoles establecidos en Argentina fue conflictiva, entre otros motivos porque no le perdonaron su viaje a España en 1949 y su reunión con Franco. Su último período en la ciudad poco tenía que ver con la urbe que aparecía en su libro Explicación de Buenos Aires, publicado en 1948. La ciudad dejó de ser una fuente de energía y se convirtió en un reflejo de sí mismo, en alguien enfermo y decadente, alguien que vive, como nos dice en Cartas a mí mismo, en un mundo ofuscado y lleno de miedo.
Miro la placa que recuerda el paso de Ramón Gómez de la Serna por la ciudad y descubro, por segunda vez, que no he salido de una sola calle. Frente a mí, se extienden de nuevo más nombres, porque Gómez de la Serna me conduce a Rafael Alberti, a María Teresa León o a Borges, y desde ahí también llego a los juguetes rabiosos de Roberto Arlt o a los autobuses de Cortázar. A la vida breve y a La vida breve. A César Aira y al barrio de Flores. Al Obelisco o al teatro Colón. A Xul Solar, a las fotografías de Horacio Coppola. Entonces, vuelvo a darme cuenta de que unas pocas páginas no son suficientes y que todo eso, tal vez, ya pertenezca a otra historia.


II

Para entender una ciudad deberíamos contenerla en las líneas de las manos. Así, parafraseando algo que escribió Italo Calvino, es como juzgo el tema de las ciudades, porque comprender un lugar implica inscribirlo en nuestro propio cuerpo, como una marca que tenemos tan aferrada a nuestra fisonomía que ni siquiera nos damos cuenta de que cargamos con ella. Por eso, las ciudades que verdaderamente significan algo para nosotros se adhieren a nuestra piel y nos dejan una señal muy profunda, lo suficientemente intensa como para que no nos abandone. Allí seguirá, tiempo después, aunque jamás regresemos al lugar que nos provocó esa especie de fisura.
Buenos Aires tuvo para mí ese significado. No sólo la Avenida de Mayo, de la que ya hablé antes, sino otros muchos lugares que sigo sintiendo muy próximos. Espacios que se confunden en la memoria y me llegan así, como una mezcla difusa que no distingue entre lo que sospecho que sucedió y lo que en realidad viví, quizás porque parte de esos recuerdos pertenece a las páginas de algunos libros. Los de Roberto Arlt, por ejemplo. Por eso fui al 2138 de la calle Méndez de Andés, aunque no pude encontrar por ninguna parte alguna indicación que diera cuenta de que justo allí, en ese lugar, había pasado su infancia. Se trata de una casa pobre, modesta, ubicada en el barrio de Flores Norte. No muy lejos de aquel edificio, encontré una pequeña librería. En el escaparate, algunos libros de Arlt que ya había leído: El juguete rabioso o Los lanzallamas. Al lado, una recopilación de sus artículos periodísticos. Aún conservo ese ejemplar, en el que aparece, entre otros muchos textos, una espléndida evocación del barrio, “Molinos de viento en Flores”. Por eso, y por enésima vez, cuando pienso en mi visita a Buenos Aires no sé distinguir de dónde me vienen las imágenes que recupero ahora. Sé que estuve delante de la casa de Arlt, sé que entré en una librería y compré algunos libros, pero no sabría decir exactamente si mi memoria del lugar pertenece a una vivencia propia o a una ficción que cayó en mis manos. Algo no muy distinto a lo que me ocurrió con otro autor que, si no me equivoco, sigue viviendo en ese barrio, César Aira. Las escenas de El volante, La guerra de los gimnasios o Las noches de Flores se entremezclan con el recuerdo de su lectura en algún café de la plaza Pueyrredón, la misma en la que algunos de sus personajes se disuelven en el aire cuando llega la primavera.   
En cierta forma, esas imágenes que aún conservo también se disuelven en el aire, o se enredan en los árboles de algunas plazas. Guardo algunas fotografías que, vistas ahora, me parecen algo así como una metáfora. Son ramas que se cruzan en lo alto y tejen una enorme red que distorsiona lo que queda justo arriba, una breve porción de cielo a la que se antepone una película grisácea, como si todo lo que previamente se ha disuelto se hubiera anudado en otro lugar, fuera ya de nuestro alcance. Como esas imágenes de Xul Solar que vi en su casa de la calle Laprida, la vivienda que también fue su taller y hoy alberga una amplia colección de su obra. Recuerdo una anécdota que me contaron allí mismo. Una tarde, Borges le preguntó qué había hecho durante aquel día de bochorno. Xul le respondió que nada en absoluto, excepto fundar doce religiones, después de almorzar. El mismo Borges lo compara, creo que con acierto, con William Blake. En ambos existe el mismo ímpetu multidisciplinar. Pintor, místico, poeta, visionario, padre de idiomas y utopías. El hacedor de un universo mitológico que, al descubrirlo, se nos inscribe en nuestra memoria y nos deja allí por mucho tiempo, con la habilidad de ese tipo de creadores que han sido capaces de construir una obra que escapa a sus propios límites temporales.
Mi visión de Buenos Aires está filtrada por Xul Solar. Igual que está filtrada por otro artista argentino, Horacio Coppola. Aunque en algunas de sus imágenes veamos el Obelisco al fondo o alguna señal que nos indica que estamos en Corrientes, su imaginario urbano no pertenece a una sola ciudad, sino a cualquier ciudad o a cualquier relato, como si en él pudiera encontrarme a uno de los siete locos de Roberto Arlt o alguna otra ficción que sucediera a mucha distancia de Buenos Aires. Tanto da que esa historia trascurra en la primera mitad del siglo XX o en algún otro momento. Lo importante es la energía que genera un lugar, lo que provoca para conseguir dispararse hacia muchos puntos distintos. Esa habilidad, ya lo dijimos, forma parte de su adn. Buenos Aires aglutina a otras muchas ciudades y trasforma esa disparidad en algo que la hace única, reconocible, excepcional. Una suma de lugares, como el aluvión de imágenes que reaparecen ahora: los autobuses que tomé al vuelo, porque apenas se detenían en la parada; la tumba de Alfonsina Storni, enterrada con piedra azul y verde en el Recinto de las Personalidades; el solar que encuentro una mañana, bajo el tremendo frío de agosto, tras una larga caminata en busca de María Teresa León y Rafael Alberti; las escaleras de mármol del Teatro Colón y el recuerdo de un libro de Manuel Mujica Láinez; la combinación de literatura, música y boxeo mientras rodeaba una tarde el Luna Park; los paseos por el barrio de Belgrano, en donde me propuse situar una novela que nunca escribiré; la plaza San Martín, porque había leído El túnel y, en lugar de a Sábato, me acabé encontrando a un poeta que no conocía, Alberto Girri, que debió ser un fabuloso paseante; un concierto en la librería Clásica y Moderna o una representación de Los ríos profundos, de Arguedas, en el teatro Cervantes; el tránsito de la calle Defensa hasta San Telmo, el barrio que más veces visité durante aquellos días; la plaza Dorrego, el café que lleva el mismo nombre y el verso que leí de Porchia en una de las mesas; la calle Alsina y la librería de Ávila, la más antigua de la ciudad, en la que había dos escaparates distintos, uno para libros antiguos y otro para modernos; el barrio (o el distrito o el pueblo) de Matadero, que me recibió con una fiesta de gauchos que parecían sacados del Martín Fierro; la ciudad cambiante y la ciudad variable, porque no era lo mismo estar en Puerto Madero que delante de los barcos grises y las construcciones abandonadas que se esparcían por el barrio de La Boca; el poema “Arrabal” de Borges, a la entrada de la librería La Ciudad; su casa en la calle Serrano, 2135; la estación de Flores, a la intemperie, como si allí se conectaran trenes que no van a parte alguna; la ciudad que perseguimos y ya no está, porque Buenos Aires practica con fervor la religión de la piqueta y el abandono, como escribió en algún sitio Álvaro Abós; la vida breve en Independencia, 854, y la imagen tan clara que conservo de la casa de Juan Carlos Onetti; la satisfacción al caminar a oscuras por Buenos Aires, porque hemos interiorizado ese espacio de tal forma que podemos guiarnos por él con los ojos cerrados; la intuición de que ese mismo lugar es igual a otros muchos lugares y, sin embargo, hay algo que lo distingue, sin saber qué exactamente; las librerías abiertas toda la noche, aunque el viento traiga un extraño lamento y la noche parezca un pozo de sombras; la Avenida Corrientes mientras descubres que no sólo habitas una ciudad, sino el mundo entero; la espera en Plaza Francia o en algún punto del Jardín Botánico; las vistas desde la última planta de la Biblioteca Nacional; el regreso a Constitución porque algo nos recuerda a Juan José Sebreli; la vuelta a Palermo para encontrarte con un espléndido poema de Horacio Armani; avanzar por la Avenida Santa Fe y a la altura de Montevideo girar hacia Marcelo T. Alvear; el edificio C del séptimo piso en donde Alejandra Pizarnik no es más que un testigo ausente; los fragmentos de la novela Los premios, la mesa con cenicero, el libro de notas y los folletos con la imagen de Julio Cortázar en el café London; el trazo de alguien que escribió axolotl en la pared; el subte Perú que se ve tras sus ventanales.
Todo eso se entremezcla en este momento. Y a medida que escribo se van incorporando otras imágenes. Todo sucede a la vez y no distingo cuándo ocurrió cada una de las cosas que recuerdo ahora. Su imagen se difumina, como la última vez que vi la ciudad desde el Buquebús que me llevaba hasta Colonia del Sacramento, al otro lado del Río de la Plata. Buenos Aires comenzaba a ocultarse detrás de una gran mancha de humo, como si no hubiera nada detrás. Tampoco nadie que pudiera mirarla de frente, porque es imposible observar desde fuera algo que no se abandona del todo.



   [Publicado en Quimera, números 390 y 391, mayo-junio de 2016]



2.2.16

Salamanca. Punto seguido






En realidad, que yo acabara estudiando en Salamanca no fue más que una consecuencia del azar. Ni la cercanía con mi ciudad natal, ni el prestigio de su universidad, sino empujado por otras razones que, por entonces, creía esenciales en mi vida. Cuestiones que, dicho sea de paso, dejaron de resultarme tan importantes después de un cierto tiempo. Medio curso, para ser exactos. Una vez que conseguí olvidar esos motivos, o que esos motivos me olvidaran a mí, dudé en marcharme y terminar la carrera en otro sitio. En Granada o en Barcelona, como había pensado desde el inicio. Al final, no sin algunas reticencias, decidí quedarme. Y creo que hice bien, porque sentí, casi por primera vez, que mi estancia en Salamanca sólo dependía de mí mismo. No era poco.
¿Qué empuja a un alumno de letras a estudiar filología? En la mayoría de los casos, salvo contadas y honrosas excepciones, la respuesta es evidente: porque quieren ser escritores. Esa es la razón predominante. Quieren ser escritores y piensan que en filología les van a enseñar a serlo. Tardamos tiempo en asumir que no hay un camino preestablecido para convertirte en algo que ya eres, más allá de itinerarios académicos y de cursos. Les sucede a muchos estudiantes de Ciencias de la Información. O a los alumnos de Bellas Artes, por citar un par de casos a los que podría sumarse, sin demasiado esfuerzo, una colección de títulos universitarios que no cumplen nuestras expectativas iniciales. Lo mejor es asumirlo pronto. En esto tuve suerte: en mi primera clase, el profesor que impartía la asignatura de fonética y fonología, Gómez Asencio, nos advirtió de eso mismo antes incluso de empezar a explicar los contenidos de su materia. Lo dijo muy claro. Por eso lo recuerdo.
Ese era, grosso modo, el panorama. Un estudiante de unos dieciocho años, que se había desplazado a una ciudad como podía haberlo hecho a otra cualquiera, que tenía la impresión de que se encontraba en el lugar equivocado y que, para redondear su mala suerte, le habían borrado de un plumazo las razones que le empujaron a cursar una carrera. No había pasado ni un cuatrimestre. Me parecía imposible prolongar otros cuatro meses, pero pasaron, y pasaron después tres años. Hasta 2002, cuando la ciudad iniciaba los actos de su recién estrenada capitalidad cultural europea. Ya dije: decidí quedarme en Salamanca. Y si elegí la  opción correcta, es porque traté de convertirla en un lugar propio, un territorio que también fuera mío. Por eso ahora puedo escribir sobre todo eso. Ignoro cómo se consigue explicar una ciudad si previamente no la hemos interiorizado, si no hemos residido en ella. Por residir no me refiero a una estancia de años, sino a una experiencia que, siquiera por unas horas, nos cambia la vida para siempre. Aunque no lo advirtamos en un primer momento. A veces debemos invertir demasiado tiempo para comenzar a entender lo que sucedió en nuestro propio pasado. Yo necesité casi una década. Cuando por fin me propuse escribir sobre la ciudad y sobre aquellos años, lo hice con un poema que titulé “Salamanca. Punto final”, como si ese enunciado sirviera para dar por concluida una época que no se abandona del todo, porque «nadie es capaz de olvidar la suma de muertes/ por las que trascurre su vida». Así se cerraba el poema. Antes de esos versos, quizás tan lapidarios, quise traer de vuelta algunos de mis trayectos más habituales: paseos por Canalejas, incursiones en la biblioteca de Las Conchas, charlas en Anaya o en algún banco de la Alamedilla, visitas a la Casa Lis, con sus magníficos ventanales. Subidas y bajadas por la calle Zamora, como en una película de Juan Antonio Bardem. La plaza del Oeste. El frío nocturno cuando atravesaba el Tormes al regresar de Plasencia. Todo eso quedaba fijado en el poema, igual que los autores que me acompañaron desde Las Conchas hasta algún café de la zona. El Alcaraván, sobre todo. Escritores que nombré y que, de alguna forma, los asocio siempre a la ciudad. Hablo de Roberto Arlt y de José Ángel Valente. Poco importa que su origen sea distinto. En realidad, un escritor nace en el lugar donde lo leemos por primera vez. También cité a José Hierro, porque era el autor de un poema estupendo, “Alucinación en Salamanca”: «Quién disipó el lugar / (o el tiempo) que me daba / su sangre, el que escondía / el lugar (o era el tiempo) / no vivido. Y por qué / recuerdo lo que ha sido / vivido por mi cuerpo / y mi alma. Qué hace / aquí, por mi memoria, / este avión roto, un viejo / Junker, bajo la luna / de diciembre. La niebla, / la escarcha, aquel camino / hasta el silencio, aquella / mar que estaba anunciando / este mismo momento / que no es tampoco mío».
Volvamos al comienzo, a los meses que siguieron tras tomar la decisión de no marcharme a otra ciudad. Un momento, como el de Hierro, que tampoco era mío. Con una carrera que no me haría escritor y con esa sensación de orfandad que surge cuando nada es lo que esperábamos, me decidí a rellenar huecos por mi cuenta, siguiendo la pista de algunas referencias literarias que conocía de antemano. Comenzando por los clásicos, ese tipo de libros que tienen la rara habilidad de burlar el tiempo, que parecen escritos en el momento de su lectura, aunque esa lectura llegue varios siglos más tarde. Si bien existe en ellos un escenario más o menos identificable, no sabemos hasta qué punto trascurren en un lugar concreto. Logran algo que parece imposible: que lo narrado pueda suceder en cualquier espacio y en cualquier época, más allá de los condicionantes propios del contexto en el que fueron escritos. Algo de eso hay en alguno de los emplazamientos salmantinos en donde trascurren algunas de las mejores obras de la literatura española. Pienso, por ejemplo, en La Celestina y me pregunto, casi por enésima vez, en qué lugar se encuentra el huerto de Calixto y Melibea. Es curioso, después de cuatro años viviendo en Salamanca no sabría decir dónde queda exactamente. Las veces que fui lo hice acompañado de otras personas. Sé por qué punto del mapa empezaría a buscarlo, pero no podría indicar su posición exacta. Como me dejaba guiar, lo encontraba casi de súbito, inesperadamente, y una vez dentro esa sensación de intemporalidad se multiplicaba, como si todo lo que le rodea se desplazara a su aire, sin planos ni direcciones, al margen incluso de la propia ciudad. Un pequeño huerto cubierto de árboles, al que se accede por un arco, y en cuyo interior encontramos un pozo que parece habitar el jardín desde el origen de los tiempos. Muy cerca, una estatua de Celestina y una inscripción en la piedra que la sostiene: «Soy una vieja cual Dios me hizo», del acto XII. El límite del huerto irrumpe como una gran sima, una pendiente que se desliza por la antigua muralla de la ciudad. Aunque tenga unas coordenadas precisas, su ubicación, ya dije, me resulta tan confusa como el género o la autoría de la obra a la que inspira. Igual que me sucede con algunas obras inmediatamente posteriores y que eligen la ciudad como escenario. Ahí se sitúan las primeras páginas de la novela que más veces he leído, La vida de Lazarillo de Tormes. El toro de piedra, un símbolo de ese tono tragicómico tan característico de la novela, sigue presidiendo uno de los dos extremos del puente romano que salva el río. ¿Da inicio a la ciudad o la concluye? ¿Nos adentra en ella o nos despide? Siempre me he decantado por lo segundo: el toro es lo último que vemos, da por finalizada la ciudad y nos empuja a seguir adelante. Como al propio Lázaro de Tormes, o como al licenciado Vidriera. Personajes arrojados hacia el exterior, marginales, desplazados. Aunque no quieran, continúan vagando, porque no pueden detenerse. Esa es su virtud y esa es, también, su condena. Pícaros sin patria a los que simplemente les basta con estar en Salamanca. O con salir de ella. Porque sólo cuando pensamos en abandonar una ciudad empezamos a comprenderla.
Salamanca es un territorio inagotable en lo que a paseos literarios se refiere. En pocos lugares de dimensiones parecidas se esconden tantos rincones relacionados con ese universo de libros y de autores. No es sólo una ciudad, sino una constatación de que poseemos una literatura extensa, rica, heterogénea. Mientras la recorremos, tenemos la sensación de estar inmersos en un proceso de relectura. Estos son el tipo de lugares que no se acaban nunca, los que guardan en su interior un escenario que ha sido capaz de suprimir sus propios límites para formar parte de todos. Lo universal, diría Valente, es lo particular sin fronteras. Caminamos por la ciudad, por la “ínclita ciudad” en palabras de Lope de Vega, y el tiempo nos engulle, nos convierte en testigos que observan. Y al hacerlo retrocedemos hacia ese lugar que creíamos ficticio, como si nunca hubiera existido más que en las páginas de un libro. Cuesta creer, por ejemplo, que se pueda visitar el aula donde impartía clases Fray Luis de León. O el pueblo donde aún se conserva una parte del cuerpo incorrupto de Santa Teresa. Hay ciertos sucesos que al interiorizarlos los cubrimos con una pátina de irrealidad. La misma que surge al leer ciertos poemas románticos o ciertos dramas. El estudiante de Salamanca, sin ir más lejos. Es la confusión del lector que se sabe leído por alguien a quien cree conocer pero que no conoce del todo. Le mira tan fijamente que acaba desconcertándole. ¿Acaso no es eso Niebla, la magnífica novela de Unamuno? ¿Es casual que Augusto Pérez vaya a visitar a su autor y que ese autor viva en el centro de la ciudad? Tal vez esas sean las preguntas que perduran en nosotros, porque cuestionan el significado de nuestra propia existencia. La duda es una actitud que nos permite alargar las cosas, extenderlas sin final. No hay más consistencia que aquello que carece de una base sólida. Por eso la literatura continuará a pesar de nosotros, porque nunca conseguiremos resolver lo que tiene verdadera importancia. 


Hay dos plazas que siempre me han resultado mucho más agradables que la vecina plaza Mayor. Menos espectaculares, sin soportales ni medallones, sin la monumentalidad ni la hipnótica iluminación del epicentro de la ciudad. Hablo de la plaza de la Libertad y la de los Bandos. En esta última vivió una salmantina ilustre, Carmen Martín Gaite, cuyos recuerdos de la ciudad se reflejan veladamente en su novela Entre visillos y de forma más clara en El cuarto de atrás. La estatua erigida en su memoria, en uno de los laterales de la plaza, no le hace justicia. Es una mole pesada, demasiado rígida. Muestra a la autora con actitud marcial, disciplinada, estricta. Su sonrisa parece una mueca petrificada. Siempre me costó identificarla con una escritora que tiene poco de severa y de antipática. Tampoco encuentro en su café habitual a otro de los novelistas más importantes de la ciudad. Gonzalo Torrente Ballester solía ir al Novelty, uno de los bares de la plaza Mayor. Una nueva estatua le fija en su mesa de siempre. Sin embargo, me fue difícil evocar a Torrente Ballester en un lugar que no era el mío, que me desplazaba hacia fuera. Por eso prefería acercarme a la contigua plaza de Abastos y encontrarme, siquiera por una mínima fracción de tiempo, en algún pasaje de Los gozos y las sombras. En el Novelty, si la memoria no me falla, sólo he entrado una vez. Me decantaba por otros cafés mucho más agradables y vivos que el anquilosado Novelty. El ya citado café Alcaraván, por ejemplo, o el Rayuela, en plena Rúa. Lugares que guardan mejor el testimonio de su presente. Tal vez de aquí a un tiempo se conviertan en bares más aristocráticos y refinados, más elegantes, pero será una elegancia impostada, la que otorga un pasado remoto que ni siquiera ellos recuerdan. De eso adolecía la ciudad cuando vivía en ella, de reflejarse demasiado en un tiempo pretérito, glorioso, y no prestar atención a una cultura que seguía en marcha. Porque Salamanca continúa con nuevas voces y nuevos ámbitos. Con nuevos escritores que conocí allí mismo: Alberto Santamaría, David Vegue, Juan Antonio González Iglesias, Ben Clark, María Ángeles Pérez López, Raúl Vacas, Fabio Rodríguez de la Flor, David Ferrer, Andrés Catalán… Una breve lista de nombres a los que se podrían sumar otros tantos que por desconocimiento o por despiste no haya citado ahora. Sin olvidar, claro, que Salamanca es la ciudad de Aníbal Núñez, uno de los mejores poetas de la literatura española contemporánea. Y dejo para el final a un escritor singular, extraño, un poeta al que todos conocíamos y que, estoy seguro, se ha quedado fijado en nuestra memora: Remigio González Martín, más conocido como Adares. Tengo tan asociado su puesto de libros a la plaza del Corrillo que aún hoy me cuesta imaginar ese cruce de caminos sin él. Libros, en su mayoría, autoeditados. De hecho, nunca he conocido a otro genio de la autoedición como Adares. Un “surrealista de hogaza”, como le definió Aníbal Núñez, que había hecho de ese rincón su propia “Cátedra de Poesía”, un minúsculo y merecido púlpito que desafiaba a toda institución universitaria, con la humildad y la extravagancia de quien vive dedicado sólo y exclusivamente a la poesía.      
Ahí está el presente, mi presente, y así lo valoro en este momento. Quizás por eso hoy escribiría de otra forma el poema que dediqué a la ciudad. Al menos modificaría su título. Porque Salamanca no fue un punto y final, sino un punto de partida. O un punto y seguido. Una ciudad, en todo caso, que vuelve a mí porque no me abandona, con la misma serenidad de quien mira hacia atrás con satisfacción y sin nostalgia. 



[Publicado en Quimera, núm. 386, enero de 2016]